¿Qué hay dentro de una palabra? (2)


La copa y la taza

Licenciada en Filología accidental como soy, nunca he alcanzado la categoría profesional —ni sentimental— de filóloga, pero en algún momento, muy anterior al de marcar en la casilla del formulario la opción preferida de estudios universitarios me inocularon el gen, y el con él el vicio, de las palabras y lo que tienen dentro. Por eso traduzco. Por eso escribo. Por eso os cuento estas cosas de vez en cuando. Allá donde voy me encanta fijarme en la manera que tiene la gente de llamar a las cosas. Recientemente, en Buenos Aires, me sorprendió la clasificación del café por tamaños por dos motivos: el primero, lo encantador de las palabras (pocillo, jarrito y taza) y el segundo, por el tamaño, casi nunca objetivo (¿o sí?) de cada uno de ellos. El pocillo es poco más que el espresso italiano, la mínima expresión. Lo que mi madre llamaba “un dedal”. El segundo es la alternativa monísima a nuestro horrendo formato “en vaso” (¡Hágame el favor! ¡El vaso no es para el café!) herencia del oficinato español de los setenta. La taza es la de capuccino generoso, la de sentarse en un sillón de cuero una tarde lluviosa con un buen libro, y no moverse de ahí si la vejiga aguanta… Y una cosa llevó a la otra. Suele ocurrir, cuando se habla de etimologías. En Argentina, donde ponen esos nombres a los tamaños de café, a la copa de los sostenes la llaman taza. Saquen ustedes sus propias conclusiones. Yo les cuento aquí mis asociaciones de ideas, diccionario en mano.

IMG_2202.jpgSe cuenta que la primera copa de la historia diseñada únicamente para beber champán fue un encargo de María Antonieta: la copa Pompadour, elaborada a finales del siglo XVIII en porcelana y tomando como modelo su pecho izquierdo. Las habladurías populares se encargaron rápidamente de atribuir el molde al seno de la amante de su esposo el rey Luis XVI, Madame de Pompadour, cuyo nombre acabó tomando el artefacto. La realidad, como suele ocurrir, parece ser más prosaica y atribuye su surgimiento a un encargo que hizo el Duque de Buckingham en 1663 a un artesano de Venecia. El objeto se llamó Tazza, y no se popularizó hasta finales del siglo XIX. Dicen los expertos que al ser muy abierta permite beber con mayor rapidez, mientras sus bordes ligeramente combados hacia adentro impiden que el líquido que porta se derrame.

Su elegancia, y esa capacidad para sostener mejor el champán, la convirtieron en la reina de la fiesta durante gran parte del siglo XX, y aunque en los últimos años se ha visto poco a poco relegada en favor de la flauta, sigue siendo muy popular entre británicos y rusos: tengan en cuenta el dato, británicos y rusos. Ni franceses, ni italianos.

Indago en vajilleros y trusseaus. El país que inventó (supuestamente) la copa Pompadour de champán llama bonnet a la copa del sostén. Claro que también llama así a la tapa del motor del coche, que nosotros designamos precisamente con una palabra de origen francés: capó, abrigo (“tapado”, por cierto, para los argentinos). Bonnet también significa gorro, gorra y campana. Ahí no entro. En inglés (los que siguen brindando en copa Pompadour) cup significa “copa” y “taza” para beber, y también copa de sujetador. Los ingleses, siempre conciliando. Los franceses, que dejaron la Pompadour para pasarse a la flauta, llaman a la copa de beber champán coupe o flûte. También verre à pied (ellos en su línea…). Los italianos llaman coppa a la del sujetador, tazza a la taza de café y bicchiere a la copa de vino o champán. Podría seguir, de tener una formación etimológica sólida, pero sólo tengo curiosidad y ganas de aprender, así que lo voy a dejar aquí porque no me manejo en otras lenguas. Incluso en lo dicho hasta el momento podría venir alguien y enmendarme la plana… Yo digo en mi descargo que podré errar, pero no miento. Tampoco cuando hablo de esa cinta de Moebius de la traducción que tanto me gusta y que forman dos tríos de palabras en inglés, francés y castellano: French coat llaman (llamaban, mejor dicho, antes de Urban Dictionary) los ingleses al preservativo. Los franceses, sus eternos enemigos, lo llaman capot anglais. Nuestro “despedirse a la francesa” es en francés filer l’anglais, “largarse a la inglesa” (bueno, “a lo inglés”, más bien, no vamos a abrir el melón del género y el lenguaje sexuado), y en inglés take the French leave, que viene a ser “tomar las de Villadiego francesas” (traduzco así por conservar el verbo original).

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Y con esto les dejo lectura para que acompañen su hora del té o la del café (la del mate no, que se sirve en otro cacharro…) para que tomen su taza de lo que les guste (“my cup of tea” significa en inglés algo que me gusta, que es afín a mí) o, si se les pasa la hora, se lancen a la copa de cava (que en inglés dirían “glass of champagne” y no “cup”) o de champán francés, y beban lo que más les apetezca en cualquier tamaño y forma.

 

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Charco de ranas


82eHace unos años, con mis dos novelas en el cajón y muy poca –o ninguna– suerte para publicarlas, eclosionó Internet primero y luego la crisis. La gente se quedó sin trabajo y se puso a verter sus penas en papel o en soportes digitales, todos eran escritores o aprendices de escritor, los escritores que sí habían publicado se tuvieron que dedicar a dar talleres para enseñar a los que querían escribir pero no sabían, los que trabajaban en editoriales se quedaron sin trabajo y se dedicaron a labores de asesoría para que publicaran los que todavía no habían publicado porque no escribían bien, pero creían que sí porque habían ido a un taller donde les enseñaba a escribir un escritor que había publicado previamente pero ya no publicaba más porque nadie quería sus obras, porque ahora todo el mundo se bajaba gratis los libros de Internet. En este escenario (palabra horrible y muy mal empleada que queda muy bien aquí por lo gráfico y expresivo) un amigo me preguntó qué iba a hacer ahora. “Ahora” significaba, además de todo lo anterior, que no es poco (si se fijan, es un compendio antropológico, socioeconómico y cultural muy de andar por casa pero no por ello menos cierto y ajustado), “en un momento en que la gente, además de autopublicarse y lanzarse al Amazonas ese, escribe novelas a pachas en los 140 caracteres de Twitter; la autoficción tampoco es ya lo que era: ahora interesa denostarla (los más snob) y convertirla en un ejercicio de autocompasión que consiste en encuadernar los 500 estados de Facebook publicados en las últimas dos semanas con una cubierta (a la que, encima, llaman portada) diseñada por su primo que aún no ha salido de la Escuela de Diseño pero sí del frenopático, varias veces, y que lleva a las librerías en pequeñas tiradas una nueva raza de editores que en realidad abrieron la editorial para publicar lo que a ellos les gusta”. Me preguntó, en otras palabras, si me iba a avenir a todo esto. Si quería pasarme dos, tres o cinco años escribiendo una novela según el canon occidental para no llegar a contar con el respaldo de una editorial solvente e iba a aceptar colgar mi engendro en Internet para que se sirvieran los buscadores de barra libre. Sabiendo además que, díscola como soy, nadie diría de mi criatura que era “la última, la definitiva y la absoluta” porque soy una borde estirada que se ha empeñado en no ir con los tiempos. Y respondí que yo escribía como se ha escrito siempre, que no cuento mi vida, que corrijo mis escritos, que cribo mis novelas y que, naturalmente, esperaba que alguna editorial digna de ese nombre la publicara, la distribuyera y la promocionara. Y si no, pues nada.

Como soy terca, sucedió eso. Igual podía no haber sucedido, pero para mí liarme a poner tuits graciosetes con el beneplácito y la colaboración de un grupo de amigos y seguidores es pasar el rato, no es escribir. Desde luego no es crear –por muy ingeniosos que sean– ni le convierte a uno en escritor. No es técnica ni es arte. Es uno de los males de la modernidad que nos ha caído, cada generación tiene los suyos. Como cuando se estilaba ir  a la playa con aquellos loros que hundían bajo su peso al escuálido portador…

Ahora la metástasis ha pasado, parece, a la traducción. Y eso es más grave. Igual de injusto, de feo y de adefésico, pero además grave. Porque un traductor, para serlo, se forma. Un escritor… no necesariamente. Un traductor, por serlo, paga impuestos. La traducción tiene un componente artístico y otro técnico, independientemente de que el texto sea de una índole o de otra. Para traducir hace falta instinto y oficio. El instinto se tiene, el oficio se aprende. Y estas dos cosas, imprescindibles las dos, tiene que tenerlas cualquiera que firme como trujamán responsable del texto que sea, del tipo que sea.

Como la crisis, lejos de resolverse, ha continuado extendiéndose y haciéndose más profunda, las librerías cierran y los dependientes se meten –un poner– a correctores, algunos de ellos siendo más papistas que el papa y desplazando al corrector profesional que corre una suerte parecida a la del traductor profesional, si no peor. Los escritores se meten a traductores. Los que pagan están encantados de que quien les hace el trabajo no ponga problemas existenciales (es decir, legales, tarifarios, y otras hierbas prosaicas de la vida diaria) y acepte un poco menos de calderilla porque así, a fin de cuentas, todos ganan. La ausencia de profesionalización redunda en peores productos, más baratos, más cutres. La cultura de la barra libre y del amiguetismo es una forma de endogamia en la que se refugian un montón de elementos que criticaba la endogamia del otro sistema, del “antiguo régimen”. Queda únicamente la salida de seguir peleando desde las trincheras, esperar que el amiguete que no es traductor meta la pata y el editor –o el wannabe editor– vuelva al redil y reconozca que no fue buena opción, que el conocido que te corrige hoy esto y te quita de encima el marrón se replantee su futuro profesional en vez de jugar a los intrusos en un gremio bastante maltratado ya. Y que te vuelvan a llamar aunque cobres algo más, tardes algo más, y tu nombre resuene algo menos en las redes sociales y en el mundo mundial en general.

Pero nada, sigamos. Sigamos vociferando que la cultura tiene que ser gratis, que es una vergüenza que los traductores quieran figurar en la cubierta del libro cuando deberían ser invisibles, que uno pone una editorial (¿una editorial no era una empresa?) para publicar las cositas que no encuentra en las librerías… Que las librerías tengan que buscarse mil vueltas porque libros no venden, que los libros, total, se descargan gratis porque luego para qué lo quiero, que se organicen actos culturales (y luego no vaya ni el Tato), que si trabajas en algo del arte o la cultura para qué quieres cobrar, si haces lo que te gusta…

Al leer esto, si han logrado no perder el hilo o no ir a buscar un ibuprofeno, ¿no les parece estar asistiendo a la descripción de un sistema enfermo, lleno de malformaciones, deficitario, horrendo y caduco? Cuando me preguntan ahora, con todo esto, que si aún quiero ser traductora, poder traducir libros que llegan a muchos lectores (clásicos o best sellers), que mi firma aparezca en la cubierta (¡en la CUBIERTA, no en la portada!) de esos libros, que además se vendan y si es posible se reimpriman varias tiradas… Digo que sí. Claro que quiero. Lo que me pregunto, cada vez más veces diarias, es si sigue siendo posible.

 

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El cuerpo


ursula-andress-honey-ryder-dr-no-1962Hablaba hace unos días con un colega del “mundillo” sobre la relación que tenemos los que desarrollamos un trabajo intelectual con el cuerpo. Con el propio, naturalmente, pero también con el cuerpo como concepto o como distintivo de un modo de vivir que, se supone, está en el polo opuesto de nuestros desvelos. Aunque la máxima Mens sana in corpore sano, que combina lo mejor de ambos mundos, tiene ya sus años, seguimos situando esta innoble carcasa que envuelve nuestro alma en un lugar indigno: que no se vea, que no se note, que pase desapercibido, que sea discreto, que no destaque. El cuerpo es, cuando menos, un mal necesario: en un mundo como el actual, que se rige por un exhibicionismo descarado y, para muchos de nosotros, incomprensible, sigue ocupando un lugar cuestionable –no de altar, desde luego– y casi nunca se encuentra entre nuestras metas. Nos conformamos con mantenerlo a raya para que no nos dé más problemas que los imprescindibles, lo cuidamos lo justo para que siga tirando y somos casi todos, en mayor o menor medida, abanderados de causas que se niegan a darlo importancia, a insertarlo en un canon. A veces, incluso, nos negamos a nosotros mismos su uso y disfrute.

img_5514Claro que uno se da cuenta de estas cosas cuando por alguna razón se ve obligado a centrarse en él. Suele ser cuando la salud flaquea. También, en el caso de los intelectuales impenitentes, cuando lee algo al respecto. Termino la lectura de El amor del revés, de Luisgé Martín, y ahondo en aquella conversación entre colegas fondones, blanditos, de lorza incipiente a base de practicar el sillooning y el levantamiento de libro o el golpe de teclado. Y medito como medita uno todas esas veces que llega a un tema por un circuito que no es el habitual. Decenas de reseñas han dado sobrada cuenta de lo bueno que es el libro de Luisgé: su valentía, su nitidez, su desgarro, su sinceridad. Un libro de memorias que exhibe la propia vida hasta el día de hoy –difícil, contar la vida cuando uno sigue vivo y coleando– con todo el talento que le reconocemos a su autor. Poco puedo añadir que no se haya dicho ya, así que me centraré en lo más personal y subjetivo: el fresco impresionante de esa España gris con ínfulas libertarias de finales de los setenta y de los ochenta –quien lo vivió lo sabe– y lo maravillosamente escrito que está. Parece mentira que lo primero que le salga decir a un lector sobre un libro, sin analizar nada más, es que está maravillosamente escrito. Pero lo está: puedo asegurarlo y todo lo que hayan oído al respecto me atrevo a decir que se ha quedado corto. Y luego ese enfoque de lo físico en el proceso de atracción, de cortejo, de acercamiento a la presa. Esas cosas de las que si se habla en un entorno heterosexual no siempre suenan bien y nos llevan a otros lados, llenos de peligros y tinieblas, más oscuros y procaces que los cuartos oscuros de las discotecas de ambiente que aparecen en el libro. Y en el centro de todo, el cuerpo: el cuerpo que se define en los anuncios por palabras, mintiendo, adornando, potenciando, convertido cada uno de aquellos muchachos buscadores de aventuras en un publicista de pro. Añadiendo luego, como si fuera de mal tono no hacerlo, que entre sus aficiones están el cine y la lectura, y que lo que buscan es una amistad o una relación estable. A pesar de todas estas afirmaciones de normalidad y de equilibrio el interés por el cuerpo se abre camino por sus propios fueros: el cuerpo que gusta, el cuerpo que se busca, el cuerpo que se necesita y se desea, que nada tiene que ver con el cuerpo perfecto canónico o estándar. Sólo con el cuerpo que da el goce. El goce de verlo. El goce de tocarlo. El goce de gozarlo como sólo se goza un cuerpo.

img_5521Pensé en todo eso, paradójicamente, en una situación que se encuentra en las antípodas de estos amores cabeza abajo, o de cualesquiera otros amores. Lo pensé haciendo la maleta para el hospital. Pensé en todos los testimonios que he escuchado o leído de mujeres, sobre todo mujeres, que han empezado a disfrutar de su cuerpo cuando estaba empezando a desmoronarse, lleno de cicatrices, coleccionando, en algunos casos, mutilaciones más o menos graves, más o menos visibles. Como si cada cuchillada fuera un aviso que nos recuerda no que estamos un poco peor que antes, sino lo que todavía queda intacto. Nos recuerda que todavía podemos gozarnos, pueden gozarnos otros, o podemos gozarles nosotros a ellos. La historia de la literatura está llena de escritores y personajes que hacen gala de vicios y manías sin cuento en relación con los cuerpos, propios y ajenos. Y sin embargo aquí estamos los intelectuales, negando la existencia de esa carcasa necesaria para experimentar, incluso, el placer de la lectura. Me topo, al meter en la maleta el ajuar básico de hospital, práctico e indispensable, el último bikini que me compré el pasado verano, y que sólo pude usar un par de veces. Un bikini blanco parecido al de Ursula Andress en 007 contra el Dr. No. Pienso entonces que me faltó sol, me faltó mar, me faltó playa… siempre nos falta algo. Siempre estamos muy blancos, un poco gorditos, muy viejos ya… siempre tenemos excusa para no coger el último bañador que hemos comprado y ponérnoslo para leer un libro con el mar enfrente, con el césped a nuestro alrededor, en un balcón de Madrid donde apenas cabemos doblados, como hacen los jóvenes que no son intelectuales y a los que no les importa exhibirse. Aunque sólo sea para sentir la caricia tan lícita como placentera del sol y del aire. Y entonces pensé que en cuanto yo vuelva a casa me probaré otra vez el bikini (cosa que no he repetido desde que lo hice en el probador de la tienda) y en cuanto vuelva el sol a este mundo invernal me lo pondré enseguida. Aunque se vea la cicatriz.

Gracias, Luisgé, por esta lección de vida y literatura. Porque… ¿qué es la literatura si no hay vida? ¿Qué es el verbo si no se hace carne?

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Soldados de fortuna


Se conoce como mercenario (del latín merces, – edis, «pago»), al soldado o persona con experiencia militar que lucha o participa en un conflicto bélico por su beneficio económico y personal, normalmente con poca o nula consideración en la ideología, nacionalidad, preferencias políticas o religiosas con el bando para el que lucha. (…) Cuando este término se usa para referirse a un soldado de un ejército regular, se considera normalmente un insulto a su honra. El soldado, que representa a su nación, está dispuesto a luchar por una causa que es de su comunidad o país. Sin embargo, el mercenario lo hace solamente con ánimo de lucro. De ahí que a los mercenarios se les conozca también como soldados de fortuna. También se llama mercenarios a las personas que trabajan o actúan a cambio de dinero o de un beneficio personal, y sin motivaciones políticas, filosóficas, ideológicas o religiosas. (Wikipedia)

Mercenario: adj. Dicho de un soldado o de una tropa: Que por estipendio sirve en la guerra a un poder extranjero. Que percibe un salario por su trabajo o una paga por sus servicios. (DRAE)

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Encuentro en un comentario en las redes dos palabras de un colega que me llaman la atención, y que se aportan para definir alguno de los grandes males que aquejan a la profesión de traductor, mi profesión. Intrusismo y mercenariado. Y claro, me dan que pensar. Me dan que pensar en más de un sentido y, quiero aclarar, de forma absolutamente aislada e independiente del comentario que suscita la reflexión, cuyo hilo no seguí después.

Las quejas de los traductores españoles son cotidianas y legendarias. Muchas, incómodas. Dan para mucho. Pero hoy me voy a mantener pegada al léxico casi al ciento por ciento, como intento hacer cuando traduzco, siempre que es posible. Efectivamente, esos dos males son dos de tantos: no sé si los más peligrosos, los más extendidos, o los que más llaman la atención. Uno de ellos tiene que ver con la estulticia, perdónenme que sea tan clara. La traducción es un oficio que ejercen personas con la más variada formación, pero unidas por un denominador común que consta de tres elementos, ninguno prescindible: conocimiento de la lengua (y la cultura) de partida, conocimiento de la lengua (y la cultura) de llegada y capacidad, en parte innata y en parte adquirida por un entrenamiento específico y por la experiencia acumulada, para formular un texto B equiparable al texto A pero con un código diferente. Lo de innato es mayor en unos traductores que en otros. Lo de adquirido, es siempre privativo del que opta por dedicarse a esto. Si un editor decide encomendar una traducción a un individuo que no reúne todos estos requisitos, está cayendo en la estulticia. Nadie es investido en su nacimiento con el don de la traducción, como la Bella Durmiente lo fue en la cuna con el de la hermosura. La experiencia, especialmente aquí, es un grado. Ser profesor de inglés no le convierte a uno en buen traductor, ser músico no le capacita para traducir biografías de músicos, ser escritor no siempre es suficiente: me acuerdo en este apartado de Martín Gaite, cuya obra admiro y disfruto (también en traducción, con resevas) y de Borges, cuyo “cuarto propio” nunca fue mío. Son para mí ejemplos, respectivamente, de lo transigible y de lo infumable. Pero encargar una traducción a alguien que empieza, a un profesor o a un músico con tiempo libre, permite a veces pagar otras tarifas que convienen a las dos partes, y encargársela a un escritor de fama garantiza las ventas. Y un escritor puede ser buen traductor (ejemplos tenemos) pero no lo es necesariamente (ejemplos hay, también, así mismo).

Lo del mercenariado me trajo a la cabeza inmediatamente la expresión “soldado de fortuna”. No hay que explicar aquí que el término mercenario ni goza de buena fama ni tiene connotaciones positivas, y que en algunas definiciones se da como sinónimo la palabra “sicario” o la expresión “asesino a sueldo”. Ahora bien: con la parte del DRAE que dice “que percibe un salario por su trabajo o una paga por sus servicios” no puedo estar más de acuerdo. He defendido, defiendo y defenderé el derecho del traductor a percibir una paga justa por un trabajo que sólo él puede hacer bien. De ese burro no me bajo. La parte de “nula consideración de la ideología, nacionalidad, preferencias políticas o religiosas”… en fin, ¿qué quieren que les diga? Somos traductores. Hacemos traducciones. Nos contratan para ello. Nos pagan por hacerlo (bien). Para mí es una ecuación simple. Otra cosa es que para dedicarse a esto haga falta una dosis de pasión sin la que es imposible mantenerse en la carrera. Quiero pensar que es a eso a lo que algunos colegas se refieren cuando dicen que la traducción es un acto de amor, expresión que para mí no capta en absoluto la esencia de este oficio. Prefiero hablar de vocación, como la de los médicos: eso es lo que nos distingue de quienes sólo son traductores ocasionales, impulsados por la comodidad, la necesidad o la moda, y lo que hace que nuestro trabajo adquiera especial valor. Y ahí es donde desaparecemos, otro caballo de batalla de los debates traductoriles de los últimos tiempos. O de todos los tiempos. Sólo en una traducción hecha por un traductor profesional desaparecen las costuras y el revés queda perfecto, como en el punto de cruz. Los traductores cuyo nombre resuena son aquellos en cuyas traducciones no se transparenta lo que hay detrás. Otra ecuación simple.

Sin embargo, por todo esto, somos soldados de fortuna. Lo somos porque no nos queda otra. Lo somos, porque en castellano la palabra “fortuna” (a diferencia del italiano, donde significa “suerte”) tiene un matiz de azar y, por tanto, de incertidumbre. Esos somos nosotros. Somos el resultado de un sistema deficitario, no sólo imperfecto: a veces manifiestamente vergonzante. Un traductor literario no puede subsistir traduciendo libros, menos aún cuanto más elevada es la literatura que traduce. Hay que combinar la actividad con otras que den mejores rendimientos, tener alguien que contribuya a tu manutención o contar con otras formas de ingresos, como rentas, o el famoso “colchón financiero”: para ese viaje, ¿quién necesita alforjas? Hay que trabajar en casa porque no es posible tener una oficina alquilada: ¿en qué otros negocios o actividades profesionales sucede eso? Hay que facturar cuando se acaba el libro y cobrar cuando tiene a bien el departamento de contabilidad de la editorial, también aquí, más complicado cuanto más grande. Hay que disimular cuando las cosas van mal, hacer los pasillos como los cómicos, a ver si cae algo. Llevamos encima lo peor de los creadores (la inseguridad, la falta de continuidad de nuestro trabajo, la poca consideración social, los ingresos exiguos) y lo peor del resto de trabajadores de la sociedad (pagamos impuestos altísimos por lo trabajado, cotizamos a la Seguridad Social cuando no hemos tenido ingresos ni sabemos cuándo los volveremos a tener). Soldados de fortuna ilustrados, una combinación nefasta.

 

 

 

 

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Anatomía del viaje


Cuánta dignidad humana se ha perdido en este siglo que los jóvenes habíamos soñado como un signo de libertad, como la futura era del cosmopolitismo. (…) Yo todavía hoy -como hombre incorregible que soy, de una época más libre y ciudadno de una república mundial ideal- considero un estigma los sellos de mi pasaporte y una humillación las preguntas y los registros. Son bagatelas, sólo bagatelas, lo sé, bagatelas en una época en la que el valor de una vida humana ha caído con mayor rapidez aún que cualquier moneda. (Stefan Zweig, El mundo de ayer. Ed. Acantilado, Barcelona 2001. Trad. de J. Fontcuberta y A. Orzeszek)

El primer viaje largo que hice en mi vida fue a los nueve años, en Semana Santa de 1974. Fuimos al sur de Francia en coche. Poca gente de nuestro entorno tenía coche entonces, pero mi padre -que era camionero- entendía de mecánica y siempre encontraba algún cacharro a buen precio con el que entretenerse los domingos que no trabajaba. Ese año, sin embargo, el coche era casi nuevo: lo había comprado un año antes, y de primera mano: un Simca 900-S amarillo huevo con techo vinílico negro. Un delirio. Uno de sus hermanos vive en el sur de Francia, cerca de Montpellier, y allá fuimos.

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Eran, creo, 1060 kilómetros desde mi casa a la de mi tío, por la carretera de Zaragoza-Barcelona antes de la construcción de la autopista, aún hoy reciente. Quien la haya conocido sabrá de lo que hablo. Hicimos noche en Barcelona. Vimos el Paralelo, la estatua de Colón, y la carabela, y al día siguiente llegamos a Montpellier a la hora de merendar el café au lait.

azafataViajar era, en el 74, mucho más que trasladarse, mucho más que recorrer un camino. Viajar era la ocasión de conocer otros mundos, entendido el mundo como algo mucho más amplio que lo geográfico: era ver cómo vivían otras gentes, hablar en otras lenguas, contemplar el paisaje cambiante, dejarse taladrar el cerebro por el zumbido del motor, averiguar de qué provincia eran los coches con los que nos cruzábamos. Mi padre contaba batallitas de camionero y mi madre aprovechaba para darnos un curso rápido de cómo se comportaba uno cuando viajaba: la ropa (de sport), el pañuelo (inevitable), el bolso grande, los modales en la mesa o en el hotel: no grites, no apoyes los codos, no corras por el vestíbulo, da las gracias cuando te sirvan la comida.

Cuando empecé a viajar sola, en los ochenta, aún se viajaba así. Los setenta nos habían dejado ya lugares donde uno comía en bañador y chanclas, y otros donde aquello era impensable. Pero en general en los aviones sólo viajaba gente de cierto nivel, no tanto económico como cultural. Y la cultura -y la educación- es mucho más obvia, aunque menos estridente, que el dinero.

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Luego llegaron los noventa, y la democratización de la cultura. Es decir, el acceso generalizado a viajes antes prohibitivos, y la proliferación de zapatillas deportivas y mochilas junto a un relajo en los hábitos de educación y limpieza. Lo selecto se volvió rancio y anticuado, y una brecha empezó a separarlo de lo moderno, denominación que ha sufrido desde entonces hasta ahora un sinfín de modificaciones con distinto matiz. Y resultó que mi hermana y yo, que para ir a comer al hotel de la playa teníamos que ponernos vestido, zapatos (cerrados, no sandalias) y calcetines, y recogernos el pelo, hubimos de revisar nuestros cánones para adaptarlos a la actualidad y no parecer sacadas de una película antigua. Entramos por el aro de las deportivas, claro está, pero nunca perdimos los modales, ni las formas, ni el respeto. Ese poso del mundo de antes que todavía molesta a algunos.

Con el nuevo milenio nos esperaba una transformación aún más horrenda, que nada tuvo que ver ni con lo cultural ni con lo económico. Los atentados del 11 de septiembre de 2001 en Nueva York acabaron para siempre con el mundo antiguo. A partir de entonces cualquiera que quisiera viajar tenía que exponerse al estudio de sus entresijos como todo hijo de vecino, sucio o limpio, rico o pobre, educado o no. En el aeropuerto hay que dejar a la vista de todos el interior de la maleta -que tan bien nos define- y quedarse como una gallina desplumada: sin cinturones, ni chaquetas con botones, ni cadenas, ni adornos, ni zapatos. Y pasar por el escáner. Y someterse a un cacheo. Y enseñar al gorila de turno la bolsita de objetos de aseo. Mi madre, si viviera, alucinaría pepinillos: todavía la imagino instruyéndonos en el modo de hacer una maleta para que no queden en evidencia las interioridades. Mi padre echa pestes cada vez que tiene que pasar por ello si no puede evitarlo, que es su primer intento en todo caso.

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Pero, con todo, esto no ha sido lo peor. No sé si la causa ha sido la democratización de la cultura, el relajo de las costumbres, o la progresiva -e injusta, e innecesaria- asimilación de lo exclusivo con lo rancio (tal vez debería decir “la reformulación de lo exclusivo”, más afín a lo superficial y a los oropeles que a los modales y a la distinción), pero hoy en día viajar es como ir a un campamento de supervivencia. El viajero se ha convertido en un ser incómodo para las autoridades, sospechoso habitual, que se declina siempre en plural o como nombre colectivo y es susceptible de portar un cinturón de bombas, máxime si la naturaleza le ha dotado de una fisionomía como la de servidora, que está en las antípodas de lo ario. Aquella publicidad que los Mad Men concebían para las líneas aéreas más punteras ya nada tiene que ofrecer al cliente, ese individuo al que había que convencer y seducir como en un cortejo. Un viaje en avión, peor cuanto más largo, es una especie de castigo donde la humanidad enseña lo más bajo de su condición, donde prima el derecho de cada uno sobre el respeto al de al lado, donde es mejor dormir diez minutos más que darse una ducha porque, total yo voy a ir dormido y no me voy a oler… si me huelen los demás, allá ellos. Las proles de los pobres muestran lo peor de sí aprovechando que los padres están de vacaciones y no les van a poner cortapisas, y los cachorros de los ricos hacen gala de su superioridad exhibiendo la peor educación de la que son capaces cuando no están bajo vigilancia. Extrapolo esto para mostrar que nadie se salva, ni en los extremos de la escala ni en alguno de los puntos intermedios, aunque siempre es un alivio encontrarse con gente en ambos grupos y entre ambos extremos a la que le han enseñado lo que aprendimos los que empezamos a viajar en los sesenta y los setenta: que viajar es una ocasión para el aprendizaje, el placer y el crecimiento personal que conviene aprovechar, y una oportunidad para la convivencia que no tiene precio. Gente que te hace olvidar que los tres peores lugares del mundo para pasar el rato son, probablemente, el hospital, el tanatorio, y el aeropuerto.

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De las malas traducciones. Las malas de verdad


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Tras escuchar numerosos comentarios relativos a la mala calidad de algunas traducciones, muchos de ellos procedentes de lectores que nada tienen que ver con la traducción ni con el mundo editorial y afines, he publicado hoy este texto en la cuenta de Facebook Cita al traductor – Acredítame, sobre la extrema deficiencia de algunas traducciones y la falta de respeto que suponen para el lector. En verano, tiempo de best-sellers, el problema se agudiza, pero ésta es una mala praxis editorial que deberíamos combatir entre todos, exigiendo nuestro derecho a leer un texto correcto que no haga imposible la comunicación, que no perjudique a la profesión y que no convierta en un castigo la experiencia lectora.

Hoy, en esta cuenta, no vamos a citar al traductor. Porque de una mala traducción el traductor no tiene la culpa. Porque el mejor escribiente echa un borrón. Porque nadie es perfecto. Porque la gente pasa dificultades: se queda en el paro, tiene hijos que mantener, no tiene quien le mantenga, no tiene ahorros porque ya no le quedan, no encuentra trabajo en lo suyo y se dedica a esto porque es lo que hay… La supervivencia nunca ha sido la mejor amiga de la ética, ni la profesional ni la otra. Si un libro mal traducido sale al mercado, no es la culpa de ese hombre o esa mujer que se esconde tras un nombre y unos apellidos. No sabemos sus circunstancias. Que nosotros, cada uno de nosotros, como individuos, no fuésemos capaces de hacerlo no nos da derecho a ensañarnos con el portador de ese nombre que figura en los créditos.

El verano nos trae ganas de literatura ligera, y entre todos esos libros acumulados a lo largo de cumpleaños, de navidades, de ferias del libro o de todo tipo de fechas emblemáticas, libros deseados, venerados, pospuestos y elegidos con cariño, es inevitable –y muy sano– que se cuelen otros sin ínfulas de alta cultura, cuyo afán es sólo entretener. Hasta ahí, todo bien. Pero la ligereza, el verano, ese territorio de best-seller y de superficialidad no siempre acaban por quitar importancia a un hecho que está ganando terreno en el panorama cultural español, y que es lamentable. España, entre sus tantos defectos, tiene traductores excelentes, así como escritores excelentes. El segundo idioma más hablado del mundo tiene hablantes que lo aman, lo prodigan, y lo cuidan, y que merecen a cada página que vuelven recibir a cambio lo que dan: una lengua cuidada y respetada, plasmada en tinta por el impresor con todo mimo. Es un sacrilegio publicar hoy en día una traducción mala, y no es responsable quien la perpetra, sino el editor que la consiente, la difunde y se lucra con ella.

Hace ya muchos veranos que llevo de vacaciones libros sin traducir, y si los elijo traducidos miro quién es el responsable de la versión castellana. Como en otros ámbitos del “vacacioneo”, yo ya no me fío, y voy a lo seguro. Pero no todo el mundo hace lo mismo. Por elección, por comodidad, por imposibilidad de leer en la lengua original o porque es más sencillo encontrar en el mercado la traducción. Esos lectores merecen respeto. Si una editorial no cuida esto, si decide recurrir a personas que no son profesionales para hacer el trabajo y no se molesta en contrastar, a la entrega, si ese trabajo está bien hecho y puede encargarle otro o tiene que desecharle, directamente, y volverlo a hacer (cosa que se subsana con algo tan simple como una prueba y a lo que nos hemos sometido traducciones con años de profesión, sin desdoro de nuestras competencias), si no hay un editor de mesa, un corrector… nadie que limpie, fije y dé esplendor, apaga y vámonos. Pero puede que empecemos a acreditar, entonces sí, a los malos traductores. Puede entonces que decidamos pedir cuentas a quien no hace su trabajo. Entretanto, partiendo de la base que encabezaba este artículo, animo a todos ustedes a que si encuentran un libro mal traducido se lo envíen a la editorial con todos los errores marcados. Eso nos pidió Esther Benítez hace unos años, que nos quejáramos a la editorial. Yo les pido que les envíen el libro, como prueba del oprobio. Hoy día a todos nos sobran libros, así que empecemos por deshacernos de aquellos que no valen la pena, que no cumplen su función de comunicación, de conocimientos y de transmisión de la lengua, la cultura y los valores culturales. A ver si así espabilan y cuidan lo que les da de comer. A ver si así conseguimos, de una vez por todas, dignificar esta profesión que tan dura es de aprender y de ejercer, y que acaba por quedar reservada sólo a quienes la profesan amor y respeto, a quienes se forman para ejercerla con propiedad y a las empresas que entienden que su materia prima es el lenguaje. Porque es muy difícil vivir de ella.

 

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Un mar de palabras


Palabras borrosas en sus cajoncitos... quién sabe qué encierran.

Palabras borrosas en sus cajoncitos… quién sabe qué encierran.

Cierro el curso tras un mes de julio que más bien ha sido un agosto en la ciudad. El cansancio, el calor, y cierto desánimo han hecho que desatendiera un poco el tajo, con la lamentable contrapartida de no haber hecho otra cosa ni de utilidad ni de gratificación. Sucede a veces, que ni el cuerpo ni el alma ni la mente te acompañan, o que no sintonizan y, si no hay un imperativo (llamado fecha de entrega en nuestro caso) que nos ate a la mesa, unas cosas se relajan y otras de bloquean. Por haber vagueado tanto en julio, me tocará ponerme las pilas en agosto, cuando no quede nadie por aquí, muchas tiendas hayan echado la persiana y se haya desvanecido cualquier posible ocasión social de las que frecuento. Cierro con la terrible sensación de que me ha faltado “un poquitín así”, una pizca. Y eso desmoraliza un poco. Como afortunadamente nada es eterno, julio terminará y agosto también, y como cantaba Serrat, “vuelve el rico a su riqueza, vuelve el pobre a su pobreza y el señor cura a sus misas”. Así que ahí lo dejo. Me sentaría de maravilla haber cerrado estos meses de tan duro trabajo con un par de activos que no voy a mencionar aquí porque ello sería egoísta y desagradecido con tantos lectores felices y tantos reseñistas apasionados que han intentado aupar a mi Lola sobre esa multitud de Lolas de cartón piedra (¡ay, Serrat!) recauchutadas y más rarunas que la mía, pero famosas o con mejor tino. Y de tantos editores que han seguido confiando en mí. Me voy dejando, en este primer semestre y antes de este reguero de vaguería que se ha apoderado de mí en los últimos tiempos, una nueva traducción de Cumbres Borrascosas y una delicatessen del periodismo de guerra, tan de actualidad en estos tiempos convulsos: he subido otro peldaño: me he medido, en esta ocasión, con Kipling. Me voy agradecida a todos vosotros, lectores y amigos, aunque no del todo satisfecha. Me sumerjo en un mar de palabras, a terminar la traducción que tengo entre manos y a continuar con un ensayo que se me resiste. Vosotros disfrutad, que en nada llega septiembre… “Mañana” será otro día.

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